Memoria del Náufrago II. Horizontes

Las olas encallaban placidamente sobre las arenas tersas y resplandecientes, como pesados y amorfos cetáceos, dibujando una sinuosa calzada de carnes flacidas que se perdía en las otras oscuridades en el extremo mas remoto de las costa, donde los desordenados perfiles de la vegetación parecían agolparse para contemplar un horizonte inexistente.
Es fácil imaginarse, acunado por el murmullo de la noche marina, el destino sombrío de los navegantes en medio del mar, oteando el horizonte con la esperanza somnolienta del mastil de un rayo de sol.
Yo permanecía alejado de las arenas y disuelto en el anonimato, contemplado el fogueo continuo de la olas. Mecido por el sueño de vigilia, que es el pensamiento.
El tiempo es una ficción. Un segundo, un minuto, un hora transcurren acorde con el ritmo pesado de las olas, el intervalo de silencio al que sigue un crepitar oscilante como de guijos o conchas. Tan lentamente, que el horizonte oculto se va despojando de estrellas, desnudando la línea de océano y cielo, para dejar paso a los matices de un sol que se anuncia en el color de mar, que ya arrastran las olas.
A esa hora, cuando se descubre una complice transparencia celeste, me retiro hacia la selva, transcurriendo por exiguas vereditas esmeraldas, sintiendo la frialdad de los helechos mojados por el aliento brumoso previo a la amanecer. Durante el día duermo pesadamente para despertar por la tarde, cuando el sol declina por barlovento. Por la noche me entrego al festín de la oscuridad. En realidad, ya estoy muerto.
09/06/2005
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