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La memoria

La memoria La memoria es cosa extraña. La zona oscura de la vida, donde se guardan, inmaculadas, las raíces más profundas de todos nuestros miedos. La memoria, nutrida de recuerdos, instantes, caras, besos, manos, olores, sonidos. La memoria sensual y espacial, que dan perspectiva, profundidad, isometría y referente, que marca del algún modo, desde la trastienda, los destinos, los comportamientos, las creencias, que cincela los caracteres y los ánimos. La memoria vive en nosotros, pero no se vive. La memoria es la vida no vivida que nos acompaña silenciosa allá por donde discurren nuestros dias más insulsos, más inofensivos. Vive agazapada, a veces resentida, desdeñada por lo cotidiano, ignorada en los pequeños hechos vitales que inundan el día a día y, sin embargo, nos maneja, nos condiciona en una proporción injusta, en nuestros actos aparentemente más naturales y espontáneos. Se descubre en nuestros pensamientos fugaces, en irritaciones explosivas que nadie ni nosotros mismos entendemos, se descubre en nuestros gustos, en nuestras pasiones, en las mujeres que amamos, maltratamos o mimamos. La memoria, como un rumor de mar de fondo, como una palabra al borde de los labios presta a precipitarse, como un olor de perfume liviano que acierta a evocar un algo inaprensible. Una infancia azul, un jardín remoto y extrañamente familiar, el cuello de alguna mujer a quien hemos olvidado, es decir, la mujer que sobrevive soterrada en la memoria distante. A veces la memoria, se traduce en un recuerdo concreto que queda permanentemente a punto de colmarse como una lágrima, queda suspendida como las palabras en la punta de la lengua, y de repente, sin saber que o quién, se vierte en nuestra conciencia y caemos en el abismo de su significación toda. Caemos en cuenta de su permanencia y tenemos la impresión de que siempre estuvo ahí de cierto, y que durante años ha buscado salida por el laberinto neuronal, para traernos de vuelta, para forzarnos a un careo con el otro yo relegado.

Yo soy la otra parte que queda, sustraído ya de recuerdos.

Hay memorias que decididamente llevamos al rincón de alma o la cabeza, al olvido, que apartamos de nuestra vida, por cobardía o debilidad, siempre como necesidad para sobrevivir al propio ego, que acaso el hecho ha dañado irreparablemente. Pero el olvido no es sino el aplazamiento del recuerdo y no parece sino que cuanto mayor esfuerzo hemos puesto en apartarla de nuestras conciencias con mas empeño parece querer determina nuestras acciones, querencias o ánimos. Y ellas mismas, construyen el resorte que habrá de catapultarlas, esa precipitación vital cuando experimentamos el cambio de escenario, nos hacemos otros, acaso los otros de nosotros mismos que dejamos atrás. Y este despertar puede ser ligero, dócil, y dejarnos una sonrisa melancólica pero también, el despertar puede ser brutal, surgir de pronto y con fuerza inusitada, y hacer tambalearse nuestro ridícula esquema personal, ese que hemos ido construido a base de olvidar. Y ese abismo que el olvido postergó, porque todo olvido es solamente posponer la conciencia, acaba por llevarnos al borde de un abismo insondable.
09/06/2005
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