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Lluvia tibia, calmada

Lluvia tibia, calmada Lluvia tibia, calmada

He paseado estos días mis mínimas preocupaciones de señor engalanado, por el hospital infantil. Es como volver al centro de todo, donde se cuecen las tragedias. Es como reptar por el purgatorio o en la entre sala del infierno de Dante, la frontera insobornable. Las miradas cruzadas en los ascensores, en las salas de espera, en los rincones de vending machine, son como transparentes sogas que se te agarran al cuello y te obligan a inclinarte para que te arrastres a ras de tierra. A ras de tierra, todo parece gigantesco. El niño mas encorvado o disminuido parece un gigante.

Humanidad en carne viva. La infinita variedad del dolor. El orgullo desnudo de los enfermos. Los besos blandos de las madres. Las mandíbulas contraídas de los esperantes. Los sombríos rincones donde se almacenas las sábanas y los pijamas verdes. O sudarios.

Sin duda, el camino que lleva a la muerte, desciende en zig zag en una vertiginosa carrera alpina, llena de excentricidades. Un niño con la cara hinchada de cortisona, rapado al cero, arrastra los pies tras su madre. Un máscara le cubre la boca y la nariz. Me mira. Abre sus grandes ojos de trigo cándido. Apenas me da tiempo esbozar una sonrisa, aunque no sé por qué se me ocurre sonreir.

Durante el día largo, La Paz es un ciudad donde las calles son interminables pasillos de cardiopatías congénitas, inusitadas alergias, heridas ponzoñosas, pies retorcidos, muñones y zapatos ortopédicos, caras cercenadas quizás por cristales. Es un lugar terrible, de verdades incuestionables. Por esas calles avanzan intermitentemente celadores y auxiliares, matronas raciales, demacradas señoras de limpieza, enfermeras y médicos sigilosos. Junto a ellos un flujo sanguíneo de todas las categorías de enfermos, de ancianos, de niños, mamás y papás, embarazadas, jóvenes tristes en cabestrillos, y también de llantos, balbuceos, densos silencios y preguntas, muchas preguntas. La hora, la planta, cómo está, el alta, la baja, el informe, la radiografía. Gente que espera y espera. Gente que pregunta y pregunta. Nunca se hace tan evidente la espera, la esperanza y la pregunta cuya respuesta se ansia y se teme. Al crepúsculo, el vacío se adueña de los pasillos aunque, tras las cristaleras, aún hay gente que espera con bebes minúsculos. El padre que acaricia la cara de un bebé, la madre que al pasar te mira, como si tú tuvieras alguna respuesta. Todo esto ocurre todos los días y todas las noches del año. No me quiero ni imaginar lo que es un hospital de campaña para refugiados donde el yodo o apiretal se administra en cuenta gotas biern contadas y donde no hay un McDonald’s enfrente.

He hecho varias noches en esta frontera, Planta 1, Cirugía, Reanimación y quirófanos, y puedo constatar que el silencio nocturno solo es interrumpido por los pitidos de las bombas de suero y los pasos de las enfermeras. En otros sitios, son silbidos de bombas pero para mi, inimaginable. También hay ecos, murmullos, respiraciones. Pequeños sollozos y arrullos que te desvelan. Por la mañana siempre me cruzo con dos niñas, de siete años, hermanas que, hasta hace poco, llego a saber, compartían dos piernas y un costado. Son las primeras en lanzarse a la siete y media de la mañana corre-pasillo arriba y abajo, saludando alegremente a todos cuantos se cruzan con ellas. Cada una se impulsa con la única pierna que en el reparto le has tocado. Su padre, un argelino sonriente, las observa desde la puerta de la habitación. Su madre se ha quedado en Orán, dice, muy caro el viaje. No puedo evitar pensar en Camus y en la Peste.

Hay una verdad trascendente en el sufrimiento y desventura de nuestros semejantes, que mirado cara a cara se me escapa y me deja lívido. Lluvia tibia, calmada como si todo no estuviera perdido. Como si ahí se revelara la respuesta. Luminosa tristeza a mejor decir.

¿Ecce homo?
02/06/2005
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