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Basílides, viejo marinero

Basílides, viejo marinero

¡Dios!, la vejez se ha hecho dueño de mis carnes. Me duelen los huesos, las manos, los ojos de tanto mirar, el aliento, me duele hasta el aliento. Mi corazón habita en la bocana de un puerto remoto. Voy a morir sin a haber visto Ítaca, sin posar mis cansados ojos sobre la lineas sinuosas de sus playas, si contemplarla desde la cortamares nave, como mastil que se eleva por encima del horizente turbio del plielago.

 Ítaca, en el mar de los griegos,  rodeada de agua,  perfecta y luminosa entre todas, legendaria como los montes y los bosques, como mastil que se eleva en un cielo nítido y esférico. Ítaca existe y es paisaje abrupto entre las mareas que abofetean su petreas fronteras, playas ocres que miran al horizonte circular donde el sol se desgasta cada mañana en haces de rojo damasco, la misma línea donde navegan los hombres como islas, los hombres islas.

 Ítaca, la isla,  sabed, existe como existe el verano de la chicharras, como petalos de amapola arrastrados por los vientos polvorientos que agostan el cereal primigenio, atormentando los largos mediodías la adustas piedras quemadas, existe como la primavera bulliciosa y acuática que esparce en un solo soplido amarillo el manto fertil del olivar, como el otoño de los bichitos bajo los escudos de hojarasca o la humaza que elevan al cielo los carboneros, como el invierno que siega los campos en la helada o como madrugado canto del ruiseñor isleño.

 Existe incluso en la montaña alta enmantada en nieves donde el vendaval aulla su nombre a las cumbres doradas. O en los bosques espesos que ahogan los guijos de los caminos para haciéndolos laberinticos perder a intonsos peregrinos. O en los desiertos, donde  silba el rabadán de la las dunas irreprochables profecías de las largas playas de Odiseo.

Todo hombre lleva en sí trazado el mapa de la Ítaca, como un tatuaje vascular bajo el pecho. Todo hombre respira para encontrarla, nocturnamente, en los sueños mas profundos de las entrañas. No es verdad, decidme,  que algunas veces, en los mas oscuro de la noche, en el mas remoto de los resquicios de nuestros sueños de hombres islas, surge un llamada lejana, apenas perceptible, que casi ahoga nuestra respiración, un voz que llama a las blancas rompientes.

 ¡Dios! Yo soy viejo y ya no veré Ítaca. La vida de muchos hombres acaba en la almenara de un sueño imposible.


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